Por Ricardo López Göttig (Para LA NACIÓN)
¿Dónde se reúnen, cómo se encuentran, cómo transmiten sus mensajes? En su momento, las protestas contra la decisión gubernamental de aumentar los impuestos a la exportación agraria y, ahora, contra la estatización de los ahorros previsionales, han tenido como escenario de expresión los blogs y el fenómeno del facebook , una red virtual de contactos de escala planetaria.
Los blogs generan su propia información, con fotos, opinión e intercambio agitado de ideas. Facebook , por otro lado, complementa esto con la creación de comunidades para intercambiar información sobre los lugares y horarios de las protestas. Van por fuera de los canales tradicionales de los medios de comunicación, aunque buscan influir y aparecer en ellos.
Esta nueva modalidad de articulación de ideas en un escenario intangible, abierto y veloz es la expresión de lo que se está aproximando a pasos agigantados: la política 2.0, que, en términos del especialista Gustavo Martínez Pandiani, supone la "revancha del receptor". El ciudadano deja de ser un actor pasivo para asumir un papel activo, protagónico, generador de información y opinión en el ágora electrónica.
Las recientes protestas contra la estatización de los ahorros previsionales surgieron vía facebook , donde se formaron varias comunidades de oposición al nuevo proyecto gubernamental.
Unificaron a personas que ya tenían convicciones comunes y expandieron su mensaje a varios miles, superponiéndose en un ámbito a veces anárquico, pero extraordinariamente multiplicador. ¿Qué significará la política 2.0 en el futuro inmediato? Debería llamar a la rápida reflexión de los políticos tradicionales, que han hecho que sus partidos se convirtieran en estructuras verticales, cerradas y anquilosadas, sin competencia interna. Este despertar ciudadano es una buena demostración de que los argentinos, muy lejos de ser abúlicos en cuestiones políticas, buscan canales dinámicos para articular sus demandas y propuestas, anhelando interacción genuina con quienes pretenden ser sus representantes.
Muchos legisladores ya están en facebook y tienen sus propios blogs. Son de la oposición y, en menor grado, del oficialismo.
Responden las inquietudes de sus conciudadanos y le dedican parte de su tiempo a esta tarea. Este es, pues, un cambio de actitud elogiable, puesto que ahora la prioridad es escuchar, provocar la reflexión compartida y participar del debate fecundo. Quizá la política 2.0 venga para rescatar el ideal de los fundadores de la República, que soñaban con una sociedad civil vigorosa, protagónica y capaz de crear sus propias oportunidades de cambio y progreso.
Artículo publicado en LA NACIÓN, viernes 21 de noviembre del 2008.
viernes 21 de noviembre de 2008
jueves 6 de noviembre de 2008
Obama, la incógnita.
Por Ricardo López Göttig
Aún no acaban los festejos por el histórico triunfo electoral del candidato demócrata a la presidencia de los Estados Unidos, Barack Obama, cuando comienzan a surgir los interrogantes de lo que su mandato en el período 2009-2013 podría llegar a significar para los ciudadanos de América latina.
Iberoamérica ha estado ausente en la campaña electoral, así como tampoco ha estado presente en la agenda del saliente presidente George W. Bush (2001-2009), quien concentró su política exterior en el Medio Oriente y Asia central. Los votantes hispanos se volcaron mayoritariamente por el candidato demócrata, ya que su angustia principal reside en la incertidumbre económica que se está viviendo en los Estados Unidos desde el año pasado, y apostaron por el cambio de signo político. Pero estos votantes, de orígenes heterogéneos y visiones distintas, se preocupan por sus necesidades inmediatas en el nuevo país de residencia, y no por la política exterior estadounidense hacia sus países de nacimiento.
¿Qué cabe esperar del nuevo presidente Obama, que asumirá el 20 de enero del 2009? En principio, todas las señales apuntan a que la economía estadounidense se cerrará al comercio con las naciones latinoamericanas. Obama, a diferencia de la administración demócrata de Bill Clinton, probablemente no retome la apertura económica como una forma de integración con los vecinos del Sur del continente. Muy probablemente se esmere por tener relaciones mucho más cordiales que las que tuvo George W. Bush, quizás se reúna más seguido con los presidentes latinoamericanos, pero no mucho más que eso. Obama ha esgrimido una retórica proteccionista durante la campaña, buscando atraer el sufragio de aquellos que sentían una gran incertidumbre ante la recesión económica en su país, así como por la tradicional vinculación demócrata con los grandes sindicatos. Asimismo, la prioridad de la política exterior de Barack Obama también será el Medio Oriente, buscando cerrar las heridas en Irak con un retiro paulatino de las tropas y un mayor compromiso y estabilización de la situación en Afganistán.
Ante este repliegue de los Estados Unidos sobre sí mismo, a los latinoamericanos les puede resultar una gran oportunidad para centrarse en las reformas económicas que le permitan ser cada vez más una región atractiva a las inversiones, fortaleciendo la seguridad jurídica, el derecho de propiedad, las instituciones democráticas y una política monetaria sana. Esto significaría una visión de largo plazo, tendiente a dinamizar la economía y generar más y mejores oportunidades para los sectores más postergados. Sin embargo, la tentación de corto plazo de los líderes latinoamericanos puede llegar a ser la inversa: aprovechar el cierre del mercado estadounidense para aplicar políticas más estatistas e intervencionistas, que expandirán el gasto público, lo que acentuaría más el clientelismo, la arbitrariedad, la corrupción y la pobreza.
Barack Obama prometió cambiar su país y el mundo: es de esperar que no sólo caigan las barreras de los prejuicios étnicos, sino también las fronteras que no permiten la libre circulación de personas, bienes e ideas.
Artículo publicado por CADAL, 6 de noviembre del 2008.
Aún no acaban los festejos por el histórico triunfo electoral del candidato demócrata a la presidencia de los Estados Unidos, Barack Obama, cuando comienzan a surgir los interrogantes de lo que su mandato en el período 2009-2013 podría llegar a significar para los ciudadanos de América latina.
Iberoamérica ha estado ausente en la campaña electoral, así como tampoco ha estado presente en la agenda del saliente presidente George W. Bush (2001-2009), quien concentró su política exterior en el Medio Oriente y Asia central. Los votantes hispanos se volcaron mayoritariamente por el candidato demócrata, ya que su angustia principal reside en la incertidumbre económica que se está viviendo en los Estados Unidos desde el año pasado, y apostaron por el cambio de signo político. Pero estos votantes, de orígenes heterogéneos y visiones distintas, se preocupan por sus necesidades inmediatas en el nuevo país de residencia, y no por la política exterior estadounidense hacia sus países de nacimiento.
¿Qué cabe esperar del nuevo presidente Obama, que asumirá el 20 de enero del 2009? En principio, todas las señales apuntan a que la economía estadounidense se cerrará al comercio con las naciones latinoamericanas. Obama, a diferencia de la administración demócrata de Bill Clinton, probablemente no retome la apertura económica como una forma de integración con los vecinos del Sur del continente. Muy probablemente se esmere por tener relaciones mucho más cordiales que las que tuvo George W. Bush, quizás se reúna más seguido con los presidentes latinoamericanos, pero no mucho más que eso. Obama ha esgrimido una retórica proteccionista durante la campaña, buscando atraer el sufragio de aquellos que sentían una gran incertidumbre ante la recesión económica en su país, así como por la tradicional vinculación demócrata con los grandes sindicatos. Asimismo, la prioridad de la política exterior de Barack Obama también será el Medio Oriente, buscando cerrar las heridas en Irak con un retiro paulatino de las tropas y un mayor compromiso y estabilización de la situación en Afganistán.
Ante este repliegue de los Estados Unidos sobre sí mismo, a los latinoamericanos les puede resultar una gran oportunidad para centrarse en las reformas económicas que le permitan ser cada vez más una región atractiva a las inversiones, fortaleciendo la seguridad jurídica, el derecho de propiedad, las instituciones democráticas y una política monetaria sana. Esto significaría una visión de largo plazo, tendiente a dinamizar la economía y generar más y mejores oportunidades para los sectores más postergados. Sin embargo, la tentación de corto plazo de los líderes latinoamericanos puede llegar a ser la inversa: aprovechar el cierre del mercado estadounidense para aplicar políticas más estatistas e intervencionistas, que expandirán el gasto público, lo que acentuaría más el clientelismo, la arbitrariedad, la corrupción y la pobreza.
Barack Obama prometió cambiar su país y el mundo: es de esperar que no sólo caigan las barreras de los prejuicios étnicos, sino también las fronteras que no permiten la libre circulación de personas, bienes e ideas.
Artículo publicado por CADAL, 6 de noviembre del 2008.
martes 8 de julio de 2008
El Congreso argentino y los impuestos aduaneros.
Por Ricardo López Göttig
Más de tres meses de conflicto entre el gobierno nacional y los productores agropecuarios en torno a las “retenciones” –impuestos aduaneros a la exportación-, han generado una serie de interpretaciones sobre el rol de los distintos poderes de la República. La Constitución es clara al respecto: según el inciso 1 del art. 75, es atribución del Congreso fijar los impuestos aduaneros de importación y exportación porque, como indica el precedentemente el artículo 4, esta es una de las fuentes para el tesoro del Gobierno Federal.
Desde los tiempos fundacionales de la organización constitucional, la cuestión de los impuestos aduaneros ha sido una de las más debatidas por los principales actores políticos. Desde aquellas primeras presidencias hasta bien entrado el siglo XX, el tesoro del Gobierno Federal tenía como principales fuentes a dichos impuestos, que significaban entre el 90 y el 80% de los ingresos anuales del Estado. Sabemos que en la convención constituyente de 1866 se debatió la derogación de los impuestos de exportación de la Ley Suprema -¡las retenciones!-, pero sin obtener éxito. No nos han llegado aquellas discusiones porque las actas de la convención se perdieron, pero sí nos quedaron lejanos ecos a través de los periódicos de la época.
Año tras año, el Congreso votaba la ley de aduanas entre agosto y octubre, para luego dedicarse a la ley de presupuesto. Siendo estos impuestos la principal fuente de ingresos del Estado, primero debía determinarse el monto de los mismos y calcular cuánto engrosarían las arcas del tesoro, para saber después a qué rubros del gasto público se destinarían. Tanto el Ejecutivo como el Legislativo escuchaban a varias entidades de la sociedad argentina sobre la materia. Por ejemplo, en 1894, por iniciativa del presidente Luís Sáenz Peña y el ministro de Hacienda José A. Terry se realizó un estudio para reformar la ley de aduanas, en el que participaron legisladores y miembros de varias entidades del mundo productivo –industriales, productores rurales, comerciantes-, a fin de actualizar la lista de productos y el monto de sus impuestos. De allí salió un libro que emplearon los legisladores en su debate parlamentario anual, que fue uno de los más ricos en el despliegue de conceptos y de exposición de conocimientos económicos, habiendo descollado los radicales Francisco Barroetaveña, Bernardo de Irigoyen y el conservador Lorenzo Anadón, en su postura librecambista, y los conservadores Eliseo Cantón y Emilio Berduc, en defensa del proteccionismo vigente.
Ya entrado el siglo XX, las aduanas argentinas siguieron nutriendo generosamente las arcas del tesoro del Gobierno Federal, puesto que las exportaciones e importaciones seguían fluyendo en el comercio local. En septiembre de 1905, la cámara de diputados vibró en el debate entre el socialista Alfredo Palacios –librecambista- y el conservador y presidente de la UIA Francisco Seguí –proteccionista-. Pocos años más tarde, se agregarían las voces de Juan B. Justo, Nicolás Repetto, Marcelo T. de Alvear, Carlos Saavedra Lamas, Estanislao Zeballos, Emilio Frers, Enrique Dickmann, Tomás Le Breton, Antonio de Tomaso, entre tantos otros, fijando posiciones en torno a la cuestión aduanera.
En estos tiempos en que se pondera el uso de la memoria, es bueno recordar que nuestro Congreso fue el ámbito de inteligentes debates sobre la cuestión que en el 2008 provoca cortes en las rutas, cacerolazos en las plazas y encendidos discursos en las tribunas.
Artículo publicado por CADAL, lunes 7 de julio del 2008.
Más de tres meses de conflicto entre el gobierno nacional y los productores agropecuarios en torno a las “retenciones” –impuestos aduaneros a la exportación-, han generado una serie de interpretaciones sobre el rol de los distintos poderes de la República. La Constitución es clara al respecto: según el inciso 1 del art. 75, es atribución del Congreso fijar los impuestos aduaneros de importación y exportación porque, como indica el precedentemente el artículo 4, esta es una de las fuentes para el tesoro del Gobierno Federal.
Desde los tiempos fundacionales de la organización constitucional, la cuestión de los impuestos aduaneros ha sido una de las más debatidas por los principales actores políticos. Desde aquellas primeras presidencias hasta bien entrado el siglo XX, el tesoro del Gobierno Federal tenía como principales fuentes a dichos impuestos, que significaban entre el 90 y el 80% de los ingresos anuales del Estado. Sabemos que en la convención constituyente de 1866 se debatió la derogación de los impuestos de exportación de la Ley Suprema -¡las retenciones!-, pero sin obtener éxito. No nos han llegado aquellas discusiones porque las actas de la convención se perdieron, pero sí nos quedaron lejanos ecos a través de los periódicos de la época.
Año tras año, el Congreso votaba la ley de aduanas entre agosto y octubre, para luego dedicarse a la ley de presupuesto. Siendo estos impuestos la principal fuente de ingresos del Estado, primero debía determinarse el monto de los mismos y calcular cuánto engrosarían las arcas del tesoro, para saber después a qué rubros del gasto público se destinarían. Tanto el Ejecutivo como el Legislativo escuchaban a varias entidades de la sociedad argentina sobre la materia. Por ejemplo, en 1894, por iniciativa del presidente Luís Sáenz Peña y el ministro de Hacienda José A. Terry se realizó un estudio para reformar la ley de aduanas, en el que participaron legisladores y miembros de varias entidades del mundo productivo –industriales, productores rurales, comerciantes-, a fin de actualizar la lista de productos y el monto de sus impuestos. De allí salió un libro que emplearon los legisladores en su debate parlamentario anual, que fue uno de los más ricos en el despliegue de conceptos y de exposición de conocimientos económicos, habiendo descollado los radicales Francisco Barroetaveña, Bernardo de Irigoyen y el conservador Lorenzo Anadón, en su postura librecambista, y los conservadores Eliseo Cantón y Emilio Berduc, en defensa del proteccionismo vigente.
Ya entrado el siglo XX, las aduanas argentinas siguieron nutriendo generosamente las arcas del tesoro del Gobierno Federal, puesto que las exportaciones e importaciones seguían fluyendo en el comercio local. En septiembre de 1905, la cámara de diputados vibró en el debate entre el socialista Alfredo Palacios –librecambista- y el conservador y presidente de la UIA Francisco Seguí –proteccionista-. Pocos años más tarde, se agregarían las voces de Juan B. Justo, Nicolás Repetto, Marcelo T. de Alvear, Carlos Saavedra Lamas, Estanislao Zeballos, Emilio Frers, Enrique Dickmann, Tomás Le Breton, Antonio de Tomaso, entre tantos otros, fijando posiciones en torno a la cuestión aduanera.
En estos tiempos en que se pondera el uso de la memoria, es bueno recordar que nuestro Congreso fue el ámbito de inteligentes debates sobre la cuestión que en el 2008 provoca cortes en las rutas, cacerolazos en las plazas y encendidos discursos en las tribunas.
Artículo publicado por CADAL, lunes 7 de julio del 2008.
miércoles 2 de julio de 2008
Las apuestas de Evo Morales.
Por Ricardo López Göttig
El presidente boliviano Evo Morales está jaqueado por sus propias iniciativas políticas. Ya desde las primeras deliberaciones de la Asamblea Constituyente, Morales, su gobierno y su partido político han entrado en un ciclo de desgaste que han llevado al presidente a doblar apuestas sumamente riesgosas, debilitando su popularidad y exacerbando a la oposición. En las cuatro regiones de la Media Luna (Santa Cruz, Beni, Pando y Tarija) la oposición autonomista ganó por amplio margen los referenda para otorgar más poderes a sus gobiernos locales, aun cuando fueron severamente cuestionados por el gobierno nacional y sufrieron boicots de los masistas. Este domingo, la ex masista Savina Cuéllar ganó con 64% de los sufragios la gobernación de Chuquisaca, apoyada por la mayoría de las fuerzas opositoras y basándose en el reclamo de la “capitalidad plena” para Sucre. Una mujer indígena de orígenes humildes y que hizo su carrera política en el MAS, le ha asestado una dura derrota al presidente Morales, cuyo candidato recogió un magro tercio de los votos.
Pero el presidente boliviano juega su continuidad en el referéndum revocatorio del 10 de agosto, jornada en la que también se decidirá el futuro de ocho prefectos. Convencido de que la confrontación lo llevará al éxito –esa fue su arma política para socavar a los presidentes anteriores- también juega la carta externa, y ha cuestionado la política exterior del primer magistrado Alan García, del Perú, acusándolo de favorecer la presencia de bases militares de los Estados Unidos en el país vecino.
Evo Morales, como tantos otros líderes latinoamericanos, ha caído en la tremenda ingenuidad de suponer que la raíz de los problemas y la solución de los mismos se hallan en quién gobierna. Probablemente suponía –y así lo acompañan sus seguidores- que bastaba con que un indígena pobre llegara a la presidencia, para que comenzara el camino de la prosperidad para los más necesitados. En América latina hemos visto este error en varias oportunidades, suponiendo que la legitimidad de origen era suficiente para desempeñar un gobierno exitoso, dejando a un costado la legitimidad del ejercicio.
A la pregunta de ¿quién gobierna?, se la debe acompañar por la de ¿cómo se gobierna? Y allí, entonces, se encuentra la clave de la limitación al poder, del Estado de Derecho y de la vigencia del pluralismo, que estimula el disenso y lo institucionaliza. Ante el fracaso de los partidos políticos tradicionales en varios países del continente, la respuesta no se halla en el mero reemplazo de un líder por otro, sino por el establecimiento de reglas de juego claras para todos los actores. En este sentido, los reclamos autonomistas de las regiones del oriente boliviano pueden ser el camino hacia una mayor responsabilidad fiscal por parte de los gobiernos locales. De este modo, se desata el entramado de subvenciones y clientelismo de un gobierno centralista, que hasta hace pocos años atrás designaba a los prefectos a su antojo.
¿Estaremos asistiendo al doloroso pero feliz parto de un nuevo sistema de partidos políticos, fundados en la vigorosa defensa del federalismo?
Artículo publicado por CADAL, miércoles 2 de julio del 2008.
El presidente boliviano Evo Morales está jaqueado por sus propias iniciativas políticas. Ya desde las primeras deliberaciones de la Asamblea Constituyente, Morales, su gobierno y su partido político han entrado en un ciclo de desgaste que han llevado al presidente a doblar apuestas sumamente riesgosas, debilitando su popularidad y exacerbando a la oposición. En las cuatro regiones de la Media Luna (Santa Cruz, Beni, Pando y Tarija) la oposición autonomista ganó por amplio margen los referenda para otorgar más poderes a sus gobiernos locales, aun cuando fueron severamente cuestionados por el gobierno nacional y sufrieron boicots de los masistas. Este domingo, la ex masista Savina Cuéllar ganó con 64% de los sufragios la gobernación de Chuquisaca, apoyada por la mayoría de las fuerzas opositoras y basándose en el reclamo de la “capitalidad plena” para Sucre. Una mujer indígena de orígenes humildes y que hizo su carrera política en el MAS, le ha asestado una dura derrota al presidente Morales, cuyo candidato recogió un magro tercio de los votos.
Pero el presidente boliviano juega su continuidad en el referéndum revocatorio del 10 de agosto, jornada en la que también se decidirá el futuro de ocho prefectos. Convencido de que la confrontación lo llevará al éxito –esa fue su arma política para socavar a los presidentes anteriores- también juega la carta externa, y ha cuestionado la política exterior del primer magistrado Alan García, del Perú, acusándolo de favorecer la presencia de bases militares de los Estados Unidos en el país vecino.
Evo Morales, como tantos otros líderes latinoamericanos, ha caído en la tremenda ingenuidad de suponer que la raíz de los problemas y la solución de los mismos se hallan en quién gobierna. Probablemente suponía –y así lo acompañan sus seguidores- que bastaba con que un indígena pobre llegara a la presidencia, para que comenzara el camino de la prosperidad para los más necesitados. En América latina hemos visto este error en varias oportunidades, suponiendo que la legitimidad de origen era suficiente para desempeñar un gobierno exitoso, dejando a un costado la legitimidad del ejercicio.
A la pregunta de ¿quién gobierna?, se la debe acompañar por la de ¿cómo se gobierna? Y allí, entonces, se encuentra la clave de la limitación al poder, del Estado de Derecho y de la vigencia del pluralismo, que estimula el disenso y lo institucionaliza. Ante el fracaso de los partidos políticos tradicionales en varios países del continente, la respuesta no se halla en el mero reemplazo de un líder por otro, sino por el establecimiento de reglas de juego claras para todos los actores. En este sentido, los reclamos autonomistas de las regiones del oriente boliviano pueden ser el camino hacia una mayor responsabilidad fiscal por parte de los gobiernos locales. De este modo, se desata el entramado de subvenciones y clientelismo de un gobierno centralista, que hasta hace pocos años atrás designaba a los prefectos a su antojo.
¿Estaremos asistiendo al doloroso pero feliz parto de un nuevo sistema de partidos políticos, fundados en la vigorosa defensa del federalismo?
Artículo publicado por CADAL, miércoles 2 de julio del 2008.
domingo 6 de abril de 2008
Gulash à la Castro
Por Ricardo López Göttig
Raúl Castro terminó su etapa como regente y fue entronizado formalmente en la presidencia de Cuba, pero el régimen tambalea por su autoritarismo férreo, su atraso económico y por el sistema de apartheid social en el que los únicos beneficiarios son los miembros de la nomenklatura gobernante. Para prolongar la vida de uno de los últimos bastiones del socialismo real ha prometido abrir las puertas a los más recientes frutos de la tecnología capitalista, como los reproductores de DVD, microondas y hasta tostadoras eléctricas, a fin de calmar las ansias de consumo del porcentaje ínfimo de cubanos que puede acceder a la compra de estos artículos. Y es que el socialismo no nació con objetivos de austeridad espartana, sino de superabundancia gracias a la propiedad colectiva de los medios de producción. Una de las tantas promesas incumplidas de la utopía marxista.
Para tapar el descontento y la frustración, el comunismo cubano intenta calmar a algunos sectores con la promoción del consumo. El “efecto de demostración” que les llega de Estados Unidos y por la presencia de turistas de los países occidentales, pone a los cubanos ante la evidencia de que hay un mundo mejor más allá de las cálidas aguas del Caribe y sus voraces tiburones. La prédica nacionalista rinde por un tiempo, el espíritu de la revolución socialista y proletaria mundial ha muerto hace decenios, y entonces se recurre al fomento de un mínimo de bienestar dentro del régimen autoritario. Es la fórmula que ensayó János Kádár en los años sesenta y setenta en Hungría, el llamado “socialismo gulash”, basado en el consumo y la introducción de tecnología occidental. Tras la sangrienta represión en Hungría en 1956, el comunismo magiar guiado por Kádár fue estableciendo en los años sesenta y setenta el llamado Nuevo Mecanismo Económico, por el cual buscaba legitimar la hegemonía del partido único por sus resultados materiales. Mediante una compleja combinación de planificación centralizada de la economía con algunos mecanismos de autogestión empresarial, y con subsidios que provenían tanto de la URSS como de Occidente, la economía húngara logró sobresalir por sus exportaciones con respecto al resto de los países del bloque soviético, permitiendo el acceso de electrodomésticos y automóviles para la población. Los gobiernos de varias naciones occidentales contribuyeron con el “socialismo gulash” al otorgarle créditos, amparados por el marco general de la “segunda canasta” de la Convención de Helsinki de 1975, que intentaba reducir la brecha entre las dos Europas. El kadarismo, sin embargo, no logró ocultar la escasa competitividad de la economía socialista húngara ni el notorio retraso frente a las naciones occidentales, aun cuando le dio un largo respiro hasta el desplome general de 1989.
Si este es el modelo para Cuba que pretende seguir Raúl Castro, lo sabremos en los próximos meses. Pero debería tomar nota de la experiencia húngara, ya que después de los televisores, las radios y los automóviles, vienen las demandas de libertades civiles y políticas.
Artículo publicado por CADAL el domingo 6 de abril del 2008.
Raúl Castro terminó su etapa como regente y fue entronizado formalmente en la presidencia de Cuba, pero el régimen tambalea por su autoritarismo férreo, su atraso económico y por el sistema de apartheid social en el que los únicos beneficiarios son los miembros de la nomenklatura gobernante. Para prolongar la vida de uno de los últimos bastiones del socialismo real ha prometido abrir las puertas a los más recientes frutos de la tecnología capitalista, como los reproductores de DVD, microondas y hasta tostadoras eléctricas, a fin de calmar las ansias de consumo del porcentaje ínfimo de cubanos que puede acceder a la compra de estos artículos. Y es que el socialismo no nació con objetivos de austeridad espartana, sino de superabundancia gracias a la propiedad colectiva de los medios de producción. Una de las tantas promesas incumplidas de la utopía marxista.
Para tapar el descontento y la frustración, el comunismo cubano intenta calmar a algunos sectores con la promoción del consumo. El “efecto de demostración” que les llega de Estados Unidos y por la presencia de turistas de los países occidentales, pone a los cubanos ante la evidencia de que hay un mundo mejor más allá de las cálidas aguas del Caribe y sus voraces tiburones. La prédica nacionalista rinde por un tiempo, el espíritu de la revolución socialista y proletaria mundial ha muerto hace decenios, y entonces se recurre al fomento de un mínimo de bienestar dentro del régimen autoritario. Es la fórmula que ensayó János Kádár en los años sesenta y setenta en Hungría, el llamado “socialismo gulash”, basado en el consumo y la introducción de tecnología occidental. Tras la sangrienta represión en Hungría en 1956, el comunismo magiar guiado por Kádár fue estableciendo en los años sesenta y setenta el llamado Nuevo Mecanismo Económico, por el cual buscaba legitimar la hegemonía del partido único por sus resultados materiales. Mediante una compleja combinación de planificación centralizada de la economía con algunos mecanismos de autogestión empresarial, y con subsidios que provenían tanto de la URSS como de Occidente, la economía húngara logró sobresalir por sus exportaciones con respecto al resto de los países del bloque soviético, permitiendo el acceso de electrodomésticos y automóviles para la población. Los gobiernos de varias naciones occidentales contribuyeron con el “socialismo gulash” al otorgarle créditos, amparados por el marco general de la “segunda canasta” de la Convención de Helsinki de 1975, que intentaba reducir la brecha entre las dos Europas. El kadarismo, sin embargo, no logró ocultar la escasa competitividad de la economía socialista húngara ni el notorio retraso frente a las naciones occidentales, aun cuando le dio un largo respiro hasta el desplome general de 1989.
Si este es el modelo para Cuba que pretende seguir Raúl Castro, lo sabremos en los próximos meses. Pero debería tomar nota de la experiencia húngara, ya que después de los televisores, las radios y los automóviles, vienen las demandas de libertades civiles y políticas.
Artículo publicado por CADAL el domingo 6 de abril del 2008.
viernes 28 de marzo de 2008
La Pirámide y el Obelisco.
Por Ricardo López Göttig
Los argentinos hemos vuelto a sentir el repiqueteo de las cacerolas, nuevamente en repudio a un discurso presidencial. Desde hace algunos años, el centro de los debates políticos se ha venido trasladando a las calles y rutas, en donde impera la lógica del corte y la búsqueda de adhesiones forzadas a todo tipo de causas. Asambleístas, piqueteros y productores agropecuarios imponen sus demandas a cuanto incauto circule por las carreteras argentinas, violando la libertad de movimiento consagrada por la Constitución.
El que debería ser el escenario por excelencia de la discusión tributaria, el Congreso nacional, está dominado por una mayoría oficialista que ha cedido su rol fundamental al Poder Ejecutivo, olvidando la responsabilidad que tiene todo legislador frente a la ciudadanía que lo eligió en las urnas. Y el pueblo delibera y pretende gobernar desde las calles, desde las plazas y las rutas, derogando el texto constitucional. Apasionados por la simbología egipcia, los kirchneristas se preocupan por apoderarse de la Pirámide de Mayo y los productores agropecuarios y sus familias se resignan a reunirse en torno al Obelisco, ante el temor a ser golpeados.
La presidenta Cristina Fernández de Kirchner, luego de un discurso de confrontación que despertó la reacción cívica en varias ciudades de la Argentina, optó por subir dos días después a la tribuna partidaria en el acto de Parque Norte con una arenga menos combativa. No hizo mención hacia los elementos violentos que respaldan a su gobierno y que estaban presentes en el palco junto a los ministros y gobernadores. La presidenta hubiera dado una lección magistral de republicanismo y de defensa del Estado de Derecho si en ese acto público hubiese recriminado, fiel a su estilo, a Luís D'Elía y Emilio Pérsico, protagonistas de la toma violenta de la Plaza de Mayo durante dos noches consecutivas y que expulsaron a pacíficos ciudadanos que protestaban por la suba impositiva. La presidenta tiene una legitimidad de origen indiscutible con su victoria electoral en el 2007, y también debería serlo su legitimidad en el ejercicio del gobierno, aplicando todo el peso de las leyes a quienes emulan a las camisas negras del fascismo de Mussolini. El martes 25 de marzo por la noche, la ciudadanía quedó helada al observar las columnas amenazantes de Pérsico, y observó con tristeza que nada se aprendió del pasado con las amenazas racistas y clasistas de D'Elía. El Estado se ausentó deliberadamente de su función primordial de evitar la violencia, ya que la policía se limitó a observar pasivamente el enfrentamiento tras las vallas que rodean a la Casa de Gobierno.
La presidenta Cristina Fernández de Kirchner llamó al diálogo, pero descalificó acremente a quienes golpearon sus cacerolas. Y bien recordó que fueron muchos los que la votaron, pero persiste en olvidar que fueron muchos más los que no la acompañaron con su sufragio, dispersando sus preferencias en una multitud de candidatos. Y en una sociedad pluralista deben primar el diálogo y la sinceridad, el debate pacífico y la predisposición a escuchar.
Como a tantos otros gobernantes, a la presidenta argentina le está faltando autocrítica y carga el peso de los errores en terreno ajeno. La política económica se sigue enmarañando con más medidas intervencionistas, sosteniendo un tipo de cambio alto por la permanente compra de dólares por parte del Banco Central, devaluando constantemente la moneda argentina y, por consiguiente, reduciendo aún más el poder adquisitivo de la ciudadanía. A esto se le suma una creciente presión impositiva, los controles de precios monitoreados por Guillermo Moreno, el crecimiento de la deuda externa, una inflación cada vez más inocultable, subsidios y una política proteccionista que no industrializa y que nos aleja de la innovación tecnológica. Y las inversiones extranjeras se asientan en Chile, Brasil y Uruguay.
Las cacerolas están volviendo a sonar, pero no masivamente. Una buena parte de la ciudadanía argentina no quiere repetir los tristes episodios de fines del 2001, con aquella seguidilla de efímeros primeros mandatarios. Unos se reúnen en la Pirámide, golpeando personas; otros en el Obelisco, golpeando cacerolas. El Congreso es un templo olvidado, sepultado por las arenas del desierto de las ideas. Nadie se molesta siquiera en pedir la renuncia del ministro de economía Martín Lousteau, porque es una figura decorativa en el gabinete. Los más, aún miran con cierta indiferencia cuanto acontece, esperando que cada crecida del Nilo siga trayendo un poco de bonanza que, aunque pasajera, sirva para pasar otro invierno.
Artículo publicado por CADAL, 28 de marzo del 2008.
Los argentinos hemos vuelto a sentir el repiqueteo de las cacerolas, nuevamente en repudio a un discurso presidencial. Desde hace algunos años, el centro de los debates políticos se ha venido trasladando a las calles y rutas, en donde impera la lógica del corte y la búsqueda de adhesiones forzadas a todo tipo de causas. Asambleístas, piqueteros y productores agropecuarios imponen sus demandas a cuanto incauto circule por las carreteras argentinas, violando la libertad de movimiento consagrada por la Constitución.
El que debería ser el escenario por excelencia de la discusión tributaria, el Congreso nacional, está dominado por una mayoría oficialista que ha cedido su rol fundamental al Poder Ejecutivo, olvidando la responsabilidad que tiene todo legislador frente a la ciudadanía que lo eligió en las urnas. Y el pueblo delibera y pretende gobernar desde las calles, desde las plazas y las rutas, derogando el texto constitucional. Apasionados por la simbología egipcia, los kirchneristas se preocupan por apoderarse de la Pirámide de Mayo y los productores agropecuarios y sus familias se resignan a reunirse en torno al Obelisco, ante el temor a ser golpeados.
La presidenta Cristina Fernández de Kirchner, luego de un discurso de confrontación que despertó la reacción cívica en varias ciudades de la Argentina, optó por subir dos días después a la tribuna partidaria en el acto de Parque Norte con una arenga menos combativa. No hizo mención hacia los elementos violentos que respaldan a su gobierno y que estaban presentes en el palco junto a los ministros y gobernadores. La presidenta hubiera dado una lección magistral de republicanismo y de defensa del Estado de Derecho si en ese acto público hubiese recriminado, fiel a su estilo, a Luís D'Elía y Emilio Pérsico, protagonistas de la toma violenta de la Plaza de Mayo durante dos noches consecutivas y que expulsaron a pacíficos ciudadanos que protestaban por la suba impositiva. La presidenta tiene una legitimidad de origen indiscutible con su victoria electoral en el 2007, y también debería serlo su legitimidad en el ejercicio del gobierno, aplicando todo el peso de las leyes a quienes emulan a las camisas negras del fascismo de Mussolini. El martes 25 de marzo por la noche, la ciudadanía quedó helada al observar las columnas amenazantes de Pérsico, y observó con tristeza que nada se aprendió del pasado con las amenazas racistas y clasistas de D'Elía. El Estado se ausentó deliberadamente de su función primordial de evitar la violencia, ya que la policía se limitó a observar pasivamente el enfrentamiento tras las vallas que rodean a la Casa de Gobierno.
La presidenta Cristina Fernández de Kirchner llamó al diálogo, pero descalificó acremente a quienes golpearon sus cacerolas. Y bien recordó que fueron muchos los que la votaron, pero persiste en olvidar que fueron muchos más los que no la acompañaron con su sufragio, dispersando sus preferencias en una multitud de candidatos. Y en una sociedad pluralista deben primar el diálogo y la sinceridad, el debate pacífico y la predisposición a escuchar.
Como a tantos otros gobernantes, a la presidenta argentina le está faltando autocrítica y carga el peso de los errores en terreno ajeno. La política económica se sigue enmarañando con más medidas intervencionistas, sosteniendo un tipo de cambio alto por la permanente compra de dólares por parte del Banco Central, devaluando constantemente la moneda argentina y, por consiguiente, reduciendo aún más el poder adquisitivo de la ciudadanía. A esto se le suma una creciente presión impositiva, los controles de precios monitoreados por Guillermo Moreno, el crecimiento de la deuda externa, una inflación cada vez más inocultable, subsidios y una política proteccionista que no industrializa y que nos aleja de la innovación tecnológica. Y las inversiones extranjeras se asientan en Chile, Brasil y Uruguay.
Las cacerolas están volviendo a sonar, pero no masivamente. Una buena parte de la ciudadanía argentina no quiere repetir los tristes episodios de fines del 2001, con aquella seguidilla de efímeros primeros mandatarios. Unos se reúnen en la Pirámide, golpeando personas; otros en el Obelisco, golpeando cacerolas. El Congreso es un templo olvidado, sepultado por las arenas del desierto de las ideas. Nadie se molesta siquiera en pedir la renuncia del ministro de economía Martín Lousteau, porque es una figura decorativa en el gabinete. Los más, aún miran con cierta indiferencia cuanto acontece, esperando que cada crecida del Nilo siga trayendo un poco de bonanza que, aunque pasajera, sirva para pasar otro invierno.
Artículo publicado por CADAL, 28 de marzo del 2008.
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